A finales del siglo XIX la entomología dejó de ser solo una ciencia de coleccionistas y clasificadores para convertirse en una cuestión de vida o muerte. Dos descubrimientos paralelos transformaron la disciplina: la constatación de que ciertos insectos transmiten enfermedades mortales al ser humano y la evidencia de que otros podían arruinar cosechas enteras y economías nacionales. De esa doble urgencia nacieron la entomología médica y la entomología agrícola, las dos ramas que dieron a la ciencia de los insectos un peso decisivo en la salud pública y en la alimentación del mundo moderno.
El mosquito acusado: Ross, Finlay y Reed
Durante siglos se creyó que la malaria y la fiebre amarilla emanaban de aires corrompidos y pantanos insalubres. El médico escocés Ronald Ross (1857-1932) desmontó esa idea. A partir de 1895 puso en marcha una serie de experimentos que demostraron que la malaria se transmite por mosquitos, y descubrió el ciclo vital del parásito causante dentro del mosquito Anopheles. Aquel hallazgo, que convertía a un insecto en el eslabón necesario para la propagación de la enfermedad, le valió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1902; antes había sido elegido miembro de la Royal Society en 1901 y sería nombrado caballero en 1911.
La otra gran enfermedad febril, la fiebre amarilla, tuvo su propio pionero incomprendido. El médico cubano Carlos Finlay (1833-1915) señaló al mosquito Aedes aegypti como vector de la enfermedad, una hipótesis que presentó el 18 de febrero de 1881 en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington. La comunidad científica recibió su propuesta con desdén, incredulidad y burla, y la recuperación de su prestigio llegó casi dos décadas después. En 1900 la comisión militar dirigida por Walter Reed (1851-1902) confirmó en Cuba la transmisión por mosquitos que Finlay había anunciado, desterrando la vieja creencia de que la enfermedad se contagiaba a través de ropas y sábanas contaminadas. Reed citó a Finlay y le atribuyó el mérito del descubrimiento del vector. Aunque Finlay fue nominado siete veces al Nobel, nunca lo recibió; sus recomendaciones de control del mosquito resultaron decisivas para completar la construcción del Canal de Panamá.
El nacimiento de la entomología médica
Estos hitos consolidaron una nueva especialidad: la entomología médica, la rama que estudia los insectos y otros artrópodos que afectan a la salud humana. Su ámbito abarca también la vertiente veterinaria, pues numerosas especies transmiten enfermedades entre animales y personas, e investiga el comportamiento, la ecología y la epidemiología de los artrópodos vectores, además de colaborar con las autoridades sanitarias en la prevención. El catálogo de vectores es amplio y desalentador: moscas y mosquitos (Diptera) implicados en el dengue, la malaria y la fiebre amarilla; chinches y vinchucas (Hemiptera) responsables de la enfermedad de Chagas; piojos (Phthiraptera) y pulgas (Siphonaptera) que propagan el tifus y la peste bubónica; y garrapatas asociadas a la enfermedad de Lyme, entre otras afecciones. Comprender la biología de cada vector se convirtió así en una herramienta de salud pública tan importante como el propio tratamiento médico.
Las grandes plagas agrícolas
Mientras la medicina descubría al insecto vector, la agricultura libraba su propia batalla. El episodio más traumático fue la filoxera (Daktulosphaira vitifoliae), un diminuto insecto emparentado con los pulgones, de apenas 0,3 a 1,4 milímetros, originario del este de los Estados Unidos. A partir de 1863 provocó una gravísima crisis vitícola en Europa: atacaba las raíces de la vid formando nódulos y tumores, y las cepas europeas infectadas morían en unos tres años. La recuperación exigió más de tres décadas y una solución ingeniosa que aún hoy sostiene la viticultura mundial: injertar las variedades europeas sobre patrones de vid americana naturalmente resistentes al insecto. A esta amenaza silenciosa se sumaban las plagas espectaculares de langosta. La langosta migratoria (Locusta migratoria), un ortóptero de la familia Acrididae, presenta un fenómeno de polifenismo por el que, en condiciones de aglomeración y por causas ambientales, transita de una fase solitaria a otra gregaria capaz de formar enjambres devastadores; se calcula que un millón de individuos puede consumir una tonelada de alimento, y las grandes plagas africanas de esta especie se registraron entre 1928 y 1942.
Del insecticida químico al control biológico
Frente a estas amenazas surgieron dos filosofías de combate. Una fue el control químico, cuyo símbolo fue el DDT (dicloro difenil tricloroetano), un compuesto organoclorado sintetizado ya en 1874 por Othmar Zeidler pero cuyas propiedades insecticidas descubrió el químico suizo Paul Hermann Müller, galardonado con el Nobel en 1948. Sus resultados contra la malaria fueron espectaculares: en Sri Lanka los casos cayeron de 2,8 millones en 1948 a solo 17 en 1963, y en la India descendieron de 100 millones en 1935 a 300.000 en 1969. Pero el DDT se acumulaba en los tejidos grasos, persistía durante décadas y se concentraba en los niveles superiores de la cadena alimentaria. En 1962 la bióloga Rachel Carson publicó Primavera silenciosa, un libro que advertía de los efectos perjudiciales de los pesticidas y que impulsó la prohibición del DDT en Estados Unidos —decretada por la EPA en 1972— y la propia creación de esa agencia ambiental. La alternativa era el control biológico, el método que emplea organismos vivos —depredadores, parasitoides y patógenos— para regular las plagas. Su éxito fundacional fue la introducción de la mariquita Rodolia cardinalis desde Australia hacia Estados Unidos entre 1888 y 1889 para combatir la cochinilla acanalada (Icerya purchasi), una operación que salvó la industria californiana de cítricos y demostró que a veces el mejor remedio contra un insecto es otro insecto.