El siglo XX transformó la entomología: dejó de ser una ciencia dedicada a describir y clasificar ejemplares para convertirse en una disciplina capaz de leer el comportamiento social, el genoma y el destino ecológico de los insectos. Ninguna figura encarna mejor ese giro que Edward Osborne Wilson (1929-2021), especialista en hormigas que describió más de 400 especies y fue considerado el mayor experto mundial en estos insectos. A partir de un grupo aparentemente modesto, Wilson construyó teorías que reordenaron la biología entera.
De las hormigas a la sociobiología
En 1967 Wilson formuló, junto a Robert MacArthur, la teoría de la biogeografía de islas, que explica cómo el número de especies de un territorio depende de su tamaño y de su distancia respecto al continente. Ocho años más tarde publicó Sociobiology: The New Synthesis (1975), obra que propuso estudiar de forma sistemática las bases biológicas del comportamiento social en todos los organismos, desde las bacterias hasta el ser humano. Los insectos sociales —hormigas, abejas, avispas y termitas— fueron el laboratorio natural de esta síntesis. Wilson recibió dos premios Pulitzer, en 1979 y 1991, y completó su obra con el concepto de biofilia (1984), la atracción innata del ser humano hacia la naturaleza viva. Antes que él, otro entomólogo, Karl von Frisch, había obtenido el Premio Nobel de Fisiología en 1973 por su trabajo sobre el comportamiento animal, un reconocimiento que consagró el estudio de los insectos dentro de la ciencia mayor.
El nacimiento de la biodiversidad
El término biodiversidad es un calco del inglés biodiversity, contracción de "diversidad biológica", y se empleó por primera vez en octubre de 1986 como título de una conferencia, el National Forum on BioDiversity, convocado por Walter G. Rosen. Wilson editó y difundió el volumen resultante, y el concepto pasó pronto del ámbito académico al político. La biodiversidad se entiende en tres niveles: la diversidad genética dentro de cada especie, la diversidad de especies y la diversidad de ecosistemas. En 1992, la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, convocada por las Naciones Unidas, dio lugar al Convenio sobre la Diversidad Biológica, aprobado en Nairobi el 22 de mayo de 1994, fecha designada después como Día Internacional de la Diversidad Biológica. La urgencia de ese marco quedó reflejada en el Informe de Evaluación Global de la IPBES de 2019, según el cual cerca de un millón de especies están en peligro de extinción.
La revolución molecular y el código de barras de ADN
La segunda gran transformación fue metodológica. El acceso al ADN permitió reconstruir filogenias y reordenar clasificaciones que durante siglos se habían basado solo en la morfología. En 2003, Paul Hebert y colaboradores de la Universidad de Guelph (Ontario, Canadá) propusieron el código de barras de ADN (DNA barcoding), un método de identificación de especies basado en un fragmento del gen mitocondrial de la citocromo oxidasa 1 (COI), de unas 648 pares de bases, que ofrece un porcentaje muy alto (95%) de secuencias únicas. La técnica resultó especialmente eficaz en invertebrados como mariposas y abejas, y sus secuencias se reúnen en la base de datos BOLD (Barcode of Life Data System), mantenida por la misma universidad. Frente a la lentitud de la taxonomía clásica, el código de barras aceleró el inventario de la enorme diversidad de insectos, aunque los propios investigadores lo consideran un complemento, y no un sustituto, del examen morfológico tradicional.
El apocalipsis de los insectos
Mientras las herramientas para conocer a los insectos se perfeccionaban, empezaron a acumularse señales de que estaban desapareciendo. En 2017, un estudio realizado en reservas naturales de Alemania por aficionados de la sociedad de Krefeld reveló una caída estacional del 76% de la biomasa de insectos voladores entre 1989 y 2016, que llegaba al 82% en pleno verano. La prensa bautizó el fenómeno como "apocalipsis de los insectos". En 2019, la revisión de Sánchez-Bayo y Wyckhuys, basada en 73 estudios a largo plazo, estimó una pérdida anual de biomasa del 2,5%. En los Países Bajos, las poblaciones de mariposas descendieron alrededor del 84% entre 1890 y 2017. Como causas se señalan la agricultura intensiva y la destrucción de hábitats, el uso de pesticidas, el cambio climático, la iluminación artificial y las especies invasoras. Conviene, no obstante, la cautela que reclaman los propios especialistas: como advirtió David Wagner, buena parte de los datos se apoya en la biomasa y no en el recuento de especies, y los estudios se concentran en grupos populares —mariposas, abejas, escarabajos, libélulas— y en el hemisferio norte, con escasa representación de las regiones tropicales.
Polinizadores, ecosistemas y seguridad alimentaria
El declive importa porque los insectos sostienen el funcionamiento de los ecosistemas y la producción de alimentos. Alrededor del 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen de polinizadores, muchos de ellos en retroceso documentado tanto en abundancia como en diversidad. La entomología contemporánea reúne así los tres hilos que la definen: la comprensión del comportamiento y la organización social iniciada por Wilson, el poder analítico de la genética molecular y una conciencia conservacionista que ya no observa a los insectos como simples objetos de colección, sino como piezas irreemplazables del sistema que hace habitable el planeta.