Cada nombre científico de insecto que hoy escribimos en cursiva —desde Apis mellifera hasta Papilio machaon— hunde sus raíces en la obra de un solo naturalista sueco. El botánico y zoólogo Carlos Linneo (1707-1778) ideó un sistema para nombrar y ordenar a los seres vivos que resultó tan práctico y estable que, casi tres siglos después, sigue siendo el esqueleto de toda la biología. Para la entomología en particular, su obra no es solo una herencia: es literalmente el punto de partida oficial, la fecha cero a partir de la cual se cuentan los nombres válidos de los animales.
Systema Naturae: ordenar toda la naturaleza
En 1735 Linneo publicó en los Países Bajos la primera edición de Systema Naturae, escrita en latín, la lengua científica de la época. Aquella primera versión era un opúsculo de apenas once páginas; con las sucesivas ediciones fue creciendo hasta alcanzar cerca de tres mil páginas en la decimotercera (1770). En esta obra Linneo dividió el mundo natural en tres grandes reinos —animal, vegetal y mineral— y organizó los seres vivos en una jerarquía de rangos encajados unos dentro de otros: reino, clase, orden, género y especie. Dentro del reino animal distinguió seis clases: Mammalia, Aves, Amphibia, Pisces, Insecta y Vermes. Esta estructura anidada, en la que los géneros se agrupan en clases y estas en reinos, proporcionó por primera vez un marco coherente para clasificar la abrumadora diversidad de la vida, y es el ancestro directo de la taxonomía que seguimos usando.
La nomenclatura binomial: un nombre y un apellido
La aportación más influyente de Linneo fue la nomenclatura binomial, un convenio para designar cada especie con dos palabras de raíz latina: el género y el epíteto específico. Funcionan como un nombre y un apellido —Homo sapiens identifica a los humanos de forma única—, de modo que el epíteto carece de sentido sin el género que lo acompaña. Las reglas de escritura son sencillas: el nombre del género se escribe con inicial mayúscula, el epíteto en minúscula, y ambos en cursiva o subrayados; con frecuencia se añade detrás el apellido del autor que describió la especie y, a veces, el año. Linneo había concebido este planteamiento ya en 1731, cuando fijó que la primera palabra indicara el género seguida del epíteto específico. Su gran virtud es la economía y la estabilidad: dos palabras bastan, el uso está estandarizado en todo el mundo y el sistema supera las barreras del idioma y la ambigüedad de los nombres populares, permitiendo que un científico de cualquier país sepa exactamente a qué organismo se refiere otro.
El punto de partida de la nomenclatura zoológica
Linneo aplicó por primera vez de forma sistemática la nomenclatura binomial a las plantas en 1753. La extendió a los animales en la décima edición de Systema Naturae, publicada en 1758, y ese hecho tiene una consecuencia formal enorme: la décima edición está considerada el punto de partida oficial de la nomenclatura zoológica. Es decir, ningún nombre de animal anterior a esa obra tiene validez de partida; para la entomología, todo empieza ahí. Los códigos internacionales que hoy regulan por separado los nombres de animales, plantas, bacterias y virus mantienen principios comunes, pero fue aquella edición de 1758 la que abrió el registro para la zoología.
Cómo ordenó Linneo los insectos
Dentro de la clase Insecta, Linneo repartió a los insectos en siete órdenes basados en la forma de las alas, un criterio observable a simple vista. Los Coleoptera (escarabajos) presentaban élitros endurecidos; los Hemiptera, alas medio endurecidas; los Lepidoptera (mariposas y polillas), alas cubiertas de escamas; los Neuroptera, alas de nervadura reticulada; los Hymenoptera (avispas, abejas y hormigas), alas membranosas; los Diptera (moscas y mosquitos), un solo par de alas; y los Aptera, los que carecían de alas. Este último orden reunía, junto a insectos sin alas, a arácnidos, crustáceos y otros artrópodos que Linneo agrupó con los insectos verdaderos. Aunque hoy sabemos que ese cajón era heterogéneo, la mayoría de aquellos nombres de órdenes siguen vigentes.
Fabricius y una alternativa: el aparato bucal
El sistema de Linneo pronto fue matizado por sus propios discípulos. El más destacado en entomología fue el danés Johan Christian Fabricius (1745-1808), que estudió durante dos años bajo la tutela de Linneo en Upsala. Fabricius, especialista en artrópodos e insectos, propuso clasificarlos no por las alas sino por las piezas del aparato bucal, un enfoque que reflejaba mejor las relaciones de alimentación. Plasmó su método en obras fundamentales como Systema Entomologiae (1775), Species insectorum (1781) y Entomologia Systematica (1792-1794). Fue además profesor de Historia Natural, economía y finanzas en la Universidad de Kiel desde 1775. Entre la ordenación por las alas de Linneo y la ordenación por la boca de Fabricius, la entomología del siglo XVIII sentó las bases metodológicas —y el lenguaje universal— sobre los que aún trabajamos.